El agua caía sobre mí con toda su fuerza. Pero ni toda su fuerza era suficiente…
En mi mano, la esponja rota ya de tanto frotar mi cuerpo.
Sucia. Me sentía sucia. Enjabonaba y frotaba mi piel con toda la energía de la que había hecho acopio en esos momentos. Pero no era suficiente. Nada era suficiente.
Agua, jabón, esponja o cepillo: nada servía. Seguía sintiéndome sucia y no había manera de que aquella sensación se borrase ni por un minuto de mi mente, de que aquella suciedad saliese de una sola célula de mi cuerpo.
Sucia por fuera. Sucia por dentro. Desnuda en la bañera, bajo el tremendo chorro de la ducha casi ardiendo. Y con las lágrimas brotando sin poder remediarlo, intentando limpiar por dentro lo que sentía sucio dentro de mí. Y con el agua y el jabón envolviéndome, empapándome, intentando limpiar por fuera en el baño lo que sentía sucio fuera de mí.
Quería gritar y no podía. El llanto y el dolor, interno y externo, no significaban nada.
Quería gritar y no podía: gritar que me habían quitado la vida. Sólo dos cosas en mi mente: que me sentía sucia, y que aquella… no era mi vida.
No sé el tiempo que pasé en el baño, metida en la bañera, bajo el torrente de agua de la ducha., llorando y frotando aquella esponja sobre mi piel, entre la nube del vapor caliente que podría haberme irritado los ojos, si no fuera que ya lo estaban de tanto llorar.
No sé el tiempo que pasó. No lo sé.
Terminé agachada en la bañera, sintiéndome aún sucia… sintiéndome sin vida… porque la vida que tenía no era la mía…
Habían pasado treinta años, y nunca hasta entonces había podido llorar por aquello. Habían pasado treinta años, y nunca hasta entonces había podido darme cuenta de lo que significaba aquello.
Habían pasado treinta años y por fin había sido capaz de verlo todo claro y arrancar la rabia contenida durante tanto tiempo.
Tenía siete años. En aquella cama se quedó la niña.
Tenía siete años el día en que me violaron.
Lúa.